Reflexiones pasando el Coronavirus

Las palabras que escribí durante los días en los que estuve confinada pasando la enfermedad del covid-19 fueron surgiendo en ratos en los que me venía la apetencia de poner por escrito lo que iba sucediendo dentro de mí. Los síntomas no fueron graves, pero sí molestos y desconcertantes, por aquello de no seguir un esquema lineal ni conocido y porque, cada vez que perdemos la salud, el rechazo al dolor y el malestar se antepone a todas las demás situaciones posibles.

¿Qué aprendizaje nos puede traer el coronavirus?

Mi experiencia ha sido una más, de tantas. Yo sólo he querido compartir lo que, a través de mi bagaje personal, me ha traído el aprendizaje de lo vivido. Por eso lo he dejado escrito tal cual surgía, sin maquillar, aunque a veces pueda parecer inteligible, aunque no haya un hilo coherente o… quizás sí.

“Aquí estoy, en este encierro impuesto, en esta experiencia a la que hace poco más de un año podíamos catalogar de ciencia ficción.

Se agolpan pensamientos y sensaciones de forma vertiginosa y hay algunos que tienen, de forma muy evidente, más peso que otros. Es extraño darse cuenta de lo que más te preocupa al recibir el papelito de Positivo, incluso antes, cuando sabes que lo vas a ser irremediablemente.

Son tus patrones vitales más arraigados los que afloran, y disgusta mirarlos, toparte con ellos frente a frente y tener que admitir que eso ha salido de ti. 

Cómo asumir que, en mi caso, ese sentido del deber tan extremo, esa sensación de fallar a las personas que cuentan conmigo se antepone a cualquier posibilidad de comprensión y solidaridad por parte de los demás, ese derecho me lo niego y vuelve ilógicos todos mis devaneos mentales, incluso tiene más fuerza que los pensamientos relacionados con la parte sanitaria, la logística o la vivencia de mis personas más cercanas, todo lo ciega y me arrastra a un lugar que sólo existe en mi mente y que me produce angustia.

Al tomar consciencia de este proceso, me separo de él y soy capaz de aceptarlo. Y entonces, la evidencia aplastante de la realidad que es mostrada, aplaca toda emoción y no hay más camino que la entrega a la vivencia.

Y comienzo a observar…

La perspectiva cambia, la vida fuera mantiene su ritmo, pero dentro se ralentiza.

Y observo la vulnerabilidad del cuerpo humano y, a la vez, su fortaleza.

La vulnerabilidad también de la mente, como va modulando su analítica mirada, que cambia según se van desarrollando los acontecimientos y adapta su juicio, que incesante y continuo va excusando cada segundo la forma de verlo todo, bajo el prisma del engranaje mental que se formó hace tiempo, y cómo, esa misma vulnerabilidad, lleva a la fortaleza, la prevalencia de la entidad formada.

Continúo observando, busco qué hay detrás de esa continua modulación de criterios, cuál es el origen, cuál el fin, si es que hay alguno…

Intento buscar un atisbo de miedo a este virus, pero no lo encuentro, no hay esa emoción en mí y pienso si no será inconsciencia ¿cómo es posible que no reconozca en mí algo parecido a lo que percibo en mucha gente? Sólo intuyo miedo al rechazo de los demás por no temer algo considerado temible. Pero no me entretengo más en esto, acepto que no es para mí motivo de temor, bastante tengo con lo que sí lo es…

Van pasando las horas y a veces siento que se asoma una inquietud…y ahí está otra vez…esa obsesión por tener que aprovechar cada instante, por tener que estar ocupada en alguna de las miles de tareas que van y vienen en esa lista interminable de pendientes, esa necesidad, que ahora se torna absurda, de tener que ocupar cada minuto del tiempo…y lo observo.

Los primeros días hago yoga, pranayama y realmente me ayuda. Después se apodera de mí una debilidad extrema, tanta que superar esa barrera para moverme me cuesta un mundo, y, sin más, me dejo llevar, sin siquiera asumir que no lo decido yo, pero, aún así me sorprendo prometiendo entre susurros…mañana recuperaré el tiempo “perdido”.

Observar esto me lleva a darme cuenta del arrastre tan brutal al que nos somete la vida que llevamos, como se crea ese sentimiento de culpa, tan enraizado, de que no estamos cumpliendo con el papel que nuestro personaje nos ha otorgado. Cuando estamos en ese límite entre la espiral de la que formamos parte y el borde desde el que se observa, se vuelve paradójico.

Pero ¿Qué es observar? 

Observar es sorprendente, fascinante, llega a instalarte en un estado del que cuesta salir. Un estado de silencio que como viene se va, pero queda su esencia.

Desde la ventana de la habitación en la que me encuentro, observo el devenir del ciclo natural de la vida, en un pequeño reducto de naturaleza, el movimiento de los insectos, el cambio de las luces, el vaivén de las hojas y las ramas, escucho los sonidos, incluso puedo llegar a sentir un latido continuo que marca el ritmo de todo y comprendo que esto es, que no hay nada más…

Cuando la vida se ralentiza, es buen momento para tomar consciencia de los detalles, pues son estos los que nos dan la clave de nuestra existencia, nuestro paso por ella. De ver cómo los acontecimientos suceden y nosotros sólo estamos ahí y realmente poco podemos decidir, pero las decisiones que tomamos marcan la diferencia entre fluir a través de ellos o resistirnos.

Y una y otra vez vuelvo a la observación interna, lo llamemos como lo llamemos, meditación, autoescucha, da igual, y a través de ella descubro que dentro de mí hay un factor que distorsiona, que hace que la atención no sea firme, no se mantenga y entonces recuerdo lo que se conoce como uno de los bloqueos en este camino, la enfermedad como signo de inestabilidad…y lo observo.

Ahora cobra sentido que el cuerpo acompañe a los tiempos de meditación, que sea fuerte y flexible, ya que de lo contrario entorpece, pero a la vez, ni siquiera ese impedimento será suficiente para llegar a parar ese viaje interno, cuando se hace irremediablemente evidente que en ese instante único y continuo todo está, siempre ha estado y la presencia es tan intensa que se abre paso entre cada episodio observado y lo envuelve con la fuerza, la intensidad y el poder que impregna y a la vez desprende de todo.

Desde el minúsculo punto desde el que me encuentro, puedo verlo todo, sentirlo todo, para darme cuenta de que no hay nada que ver, nada que sentir y que en realidad nada importa.

Estas letras que van saliendo de mí…veo cómo la mano va moviéndose haciendo trazos, que sin quererlo se convierten en palabras que adquieren un sentido que ni siquiera sé cuál es, pero sigo dejando que salgan, desde esa nebulosa que noto en mi cabeza que me impide pensar, sólo dejo que sigan surgiendo trazos sin que haya un hilo conductor, y según escribo surgen miles de lugares desde los que expresar, a sabiendas de que todo lo que exprese se aleja de la experiencia, pero da igual, según observo soy más consciente de que todo cuanto puede ser observado se diluye, todo cuanto aprendo de mí, de mis fundamentos, mis valores, mi forma de procesar ideas, sentir emociones que me llevan a unas vivencias determinadas, es fruto de un instante de observación y nada más.

Observar lo de hoy me lleva al mismo punto que haber observado lo de ayer, y mañana volveré a la misma conclusión.

Y en todo este devenir, la pregunta que asoma es ¿Quién soy yo?

El que observa, el impasible, el de mirada fija y calma inquebrantable soy yo, pero en el momento en el que tomo conciencia de esto, dejo de estar ahí, y todo se convierte en un pensamiento que nada tiene que ver con la experiencia.

Pero una y otra vez vuelve, sin ser llamada, y me muestra como cada vivencia es sólo una ventana desde la que observar el mismo paisaje para después descubrir que no hay tal paisaje.

Es muy bello haber descubierto en estos días la inmensidad del amor, sin ser un sentimiento sino como una realidad en sí, ajena a todo juicio y a todo deseo. 

Sentía plenitud en cada bandeja dejada en mi puerta, en cada sonrisa intuida en las preguntas, en cada vibración de las voces cercanas.

Desde las paredes de mi habitación no me había sentido nunca tan plena, tan conectada con cada ser como en el momento de cerrar los ojos cada noche en la calma de que todo es…sin poner calificativo que lo reduzca.

Y según pasan los días y el recogimiento físico se va diluyendo, vuelve la sensación de “normalidad” conocida, vuelvo a estar en consonancia con esa sensación de movimiento que no cesa, vuelvo a ser parte de esa espiral, esa pieza de puzzle…y me lleva, y me arrastra, y por momentos olvidaré lo que me ha mostrado el que observa y volveré a sentir que cada situación tiene la importancia que le da mi cabeza, que le da mi corazón, sentada en mi barca, dejándome llevar por el vaivén de cada ola, pero sabiendo que a esas olas sólo las barcas les dan existencia”.

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